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“No seas gay” un mandato temprano y violento

En esta columna de opinión, Sebastián Fonseca reflexiona sobre cómo ciertas frases naturalizadas entre varones funcionan como mecanismos de disciplinamiento emocional y social desde la adolescencia. A partir de experiencias cotidianas, el sociólogo y docente analiza los mandatos de masculinidad, la violencia simbólica y el impacto que estas prácticas tienen sobre las juventudes, los vínculos afectivos y la salud mental.
no seas gay
Imagen creada solo a fines ilustrativos con Inteligencia Artificial

Hace poco estuve a cargo durante unas horas de tres adolescentes de trece años en un espacio público. “No seas gay” aparecía una y otra vez como insulto, como si fuera lo más natural del mundo. Cuando uno se reía de algo que otro había hecho, surgía la frase. Cuando alguno mostraba una emoción considerada excesiva por el grupo, también.

Si uno bajaba la voz para hablar de algo importante, otra vez aparecía la misma reacción.

No pude quedarme callado. Les hice una pregunta y se abrió una conversación breve, incómoda para ellos. Intenté explicar por qué usar esa palabra de esa manera produce efectos concretos en el mundo.

Por sus caras de desconcierto, me quedó la sensación de que era la primera vez que alguien les hablaba de eso.

“No seas gay” como mandato social

Entre varones, la frase “No seas gay” funciona como señal de alerta. Prohíbe llorar, abrazar a otro varón sin disimulo, mostrar miedo, cuidar a alguien con ternura o pedir ayuda.

También delimita cómo hablar, cómo caminar y hasta cómo vestirse.

La frase opera como un cerco. Define qué puede hacer un varón con su cuerpo, sus vínculos y sus emociones bajo amenaza de exclusión. Y a los trece años esa exclusión se siente como el fin del mundo.

Lo que enseña esta lógica tiene más relación con la construcción de la masculinidad que con la sexualidad.

La discriminación funciona como método y el resultado buscado es el disciplinamiento.

La antropóloga Rita Segato trabaja hace décadas sobre este punto. La masculinidad no sería un estado alcanzado, sino un mandato que debe demostrarse permanentemente ante un tribunal de pares.

Ese grupo juzga quién pertenece y quién queda expuesto.

Vista así, esta acusación no opera sobre el deseo ajeno, sino sobre el mandato propio. Daña a las personas LGBTI+ y al mismo tiempo somete a los propios varones heterosexuales a una vigilancia constante sobre sus cuerpos, sus vínculos y sus emociones.

El costo emocional de la masculinidad

Este mandato aparece temprano. Surge en el patio de la escuela mucho antes de que existan conversaciones reales sobre orientación sexual.

Después continúa en la adultez bajo otras formas. El chiste en el grupo de WhatsApp. El comentario en el vestuario del club. La burla disfrazada de humor.

Cuando crecemos, esas reglas siguen ahí.

Es el varón que abraza a un amigo durante apenas unos segundos y enseguida disimula el gesto con golpes en la espalda.

Es el que evita ir a terapia porque siente que ese espacio no le corresponde.

Es el hombre que aprendió a los seis años que pedir ayuda era signo de debilidad y que treinta años después no sabe cómo hacerlo.

En Río Negro, durante 2024, el 92% de los suicidios correspondieron a varones. Existen múltiples explicaciones posibles para esa estadística. Sin embargo, parte del problema también atraviesa estas formas de construcción masculina.

Cada 17 de mayo se conmemora el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia. Es una fecha construida históricamente por las comunidades LGBTI+.

Pero también interpela a los varones cis heterosexuales.

Una sociedad con menos odio hacia las personas LGBTI+ es también una sociedad donde los varones pueden llorar, abrazar, cuidar y pedir ayuda sin pagar un costo social por hacerlo.

Interrumpir el mandato temprano

Eso implica trabajar en el territorio donde este mandato circula todos los días. El patio escolar. El vestuario del club. El grupo de amigos. La mesa familiar. El lugar de trabajo.

Interrumpir el chiste antes de que se reproduzca.

Preguntar qué se está diciendo realmente cuando alguien repite “No seas gay”.

Un chiste, al final, siempre necesita decidir de quién se ríe.

Hay instituciones que pueden acompañar este trabajo. Las escuelas con programas de ESI que hablen de masculinidades. Las organizaciones que entiendan este problema como parte de la misma matriz que produce violencia de género. Los clubes deportivos donde la masculinidad se construye con intensidad cotidiana.

Pero también existen decisiones pequeñas y urgentes.

Abrazar a un amigo sin disimular el gesto.

Preguntarle cómo se siente en lugar de preguntarle solamente cómo anda.

Permitir que otro varón diga que la está pasando mal sin cambiar rápidamente de tema.

Los pibes no inventan la frase. La aprenden.

Y si la aprenden, también pueden desaprenderla. Pero alguien tiene que empezar la conversación.


Autor: Sebastián Fonseca
Sociólogo, docente y escritor
Columna de opinión

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