Cada vez que aparecen adolescentes en las noticias policiales de Bariloche, el relato es el mismo: el hecho, el lugar, los detenidos. Lo que casi nunca aparece es la pregunta más urgente: qué condiciones producen esto. La violencia acuerdo silencioso que atraviesa la vida social muchas veces se vuelve visible recién cuando estalla en los titulares.
En lo que va de 2026, la ciudad acumuló hechos que sacudieron a la comunidad.
A la salida de la escuela en Av. Pioneros, un chico de 13 años es baleado por otros menores de edad que intentaban asesinar a otra persona. Un joven de 18 años muerto a puñaladas en el centro a manos de un conocido de edad similar. Grupos de adolescentes que se desafían en redes sociales y se encuentran para pelearse. Ataques con piedras, incidentes en escuelas.
A eso se suman los videos virales del año pasado: peleas a la salida de boliches, enfrentamientos entre barrios filmados como trofeos. Y la lista sigue.
Pero hay un dato que casi nadie menciona: en la mayoría de los casos, los protagonistas son varones. Eso no es un detalle menor. Es parte central del problema.
Cuando la violencia se vuelve explicación fácil
El periodismo, y buena parte de la política local, presenta estos hechos como problemas morales. Chicos “violentos por naturaleza”, familias “disfuncionales”, una juventud que “ya no tiene valores”.
Esta lectura es peligrosa porque cierra el análisis justo donde debería abrirse.
La violencia no es una característica con la que algunos chicos nacen. Es algo que emerge cuando una persona joven encuentra una y otra vez cerradas las puertas por donde se construye una vida: educación, trabajo, reconocimiento y la posibilidad de imaginarse un futuro.
La responsabilidad también es nuestra. ¿Qué horizonte le estamos ofreciendo a la juventud?
La gran mayoría de los jóvenes que crecen en condiciones de pobreza y exclusión no ejercen violencia. Cuando aparece, no surge del alma de nadie. Surge de una estructura que durante años no ofreció más que indiferencia.
Identidad, pertenencia y exclusión
Cuando el Estado y el mercado excluyen a un joven de los espacios donde se construye identidad —la escuela, el trabajo, los lugares de la ciudad donde se siente bienvenido— la calle y el grupo de pares llenan ese vacío.
La pelea se convierte en una forma de existir con nombre propio. Una forma de que alguien te vea. De pertenecer a algo.
No es un desvío individual. Es una respuesta coherente con una situación donde el único capital disponible es el propio cuerpo.
Y que esa respuesta tome la forma de violencia física también tiene relación con que la mayoría sean varones.
Desde chicos, a muchos varones se les enseña —de forma explícita o silenciosa— que ser hombre significa aguantar, no ceder e imponerse.
Cuando los caminos legítimos para “ser alguien” están bloqueados, esa enseñanza encuentra un cauce: la fuerza, el aguante ante los pares, la valentía callejera.
La violencia no es solo una respuesta a la pobreza. Es también una respuesta a la pregunta de cómo ser hombre cuando todos los otros caminos están cerrados.
La paradoja social de Bariloche
Bariloche convive con una paradoja evidente.
Por un lado, una industria turística que mueve millones y se muestra al mundo como una postal de montaña y lagos.
Por el otro, barrios históricamente postergados donde el desempleo juvenil es estructural. Calles sin asfalto que se inundan. Dificultades para acceder a la vivienda. Un costo de vida en aumento constante. Escuelas desbordadas y ausencia de espacios recreativos.
Barrios sin centros de salud equipados. Sin oferta cultural ni deportiva.
Territorios donde muchas veces la única presencia estatal visible es la represión.
Si como sociedad solo ofrecemos control represivo a nuestra juventud, no debería sorprendernos cuando respondan con hostilidad.
Una violencia que llega tarde
No se trata de justificar la violencia ni de negar la gravedad de los hechos. Tampoco de minimizar el dolor de las víctimas.
Se trata de negarse a reducir un problema social a una crónica policial.
Quizá deberíamos preguntarnos cuántos espacios deportivos o culturales existen en los barrios donde el Estado solo aparece con uniformes policiales. Cuántos jóvenes tienen acceso real a educación o trabajo.
Y cuánto del presupuesto nacional, provincial y municipal se destina a mejorar la calidad de vida frente a lo que se gasta en represión.
La violencia que vemos en Bariloche no es el comienzo del problema.
Es la manifestación más visible y tardía de una desigualdad histórica y creciente.
El problema empezó cada vez que se recortó presupuesto en educación. Cada vez que un joven pidió un turno en el centro de salud y no lo consiguió. Cada vez que buscó trabajo y solo encontró indiferencia.
El problema crece cada vez que miramos para otro lado.
Estamos firmando, como sociedad, una violencia acuerdo silencioso que dice que hay jóvenes que no merecen futuro.
Mientras tanto, los disparos se escuchan cada vez más cerca.
Autor: Sebastián Fonseca
Sociólogo, docente y escritor
Columna de opinión
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