En el tablero de ajedrez que es la política venezolana, la figura de Nicolás Maduro pasó de ser un sucesor cuestionado a un sobreviviente de mil batallas diplomáticas y sanciones económicas. Sin embargo, como en una película de Chuck Norris o Sylvester Stallone, donde los sheriff del mundo deciden quién manda y quién cae, el Tío Sam asesinó los principios básicos del orden internacional al tomar la decisión de no solo invadir un pueblo con soberanía propia y autonomía económica, sino también secuestrar a su presidente. Este hecho, sin eufemismos, marca el quiebre del derecho internacional.
Pongamos las cosas en su lugar. Criticar la posibilidad de un secuestro no implica necesariamente una defensa de la gestión de Maduro, sino una defensa de la estabilidad regional. Un acto de esta naturaleza sienta un precedente peligroso en el derecho internacional, incluso su muerte absoluta.
La captura de un mandatario en ejercicio, sin importar las acusaciones en su contra, vulnera el principio de no injerencia y redefine las fronteras de la legalidad internacional hacia una lógica brutal: la ley del más fuerte.
Cuando el Tío Sam asesinó la legalidad internacional
Diría un director técnico de fútbol que tengo la antipática obligación de ser sincero. El secuestro de Maduro es un golpe a las democracias del mundo, un golpe a la soberanía y, por sobre todo, a las constituciones. En esta era de globalización, las anomalías se transformaron en sistema. Hoy parece normal que una potencia ingrese a otro país y secuestre a su presidente. Vivimos en un mundo del revés, incluso festejado por un lamebotas como nuestro presidente.
“La justicia que se impone mediante el secuestro de la política deja de ser justicia para convertirse en un acto de guerra.”
El dilema ético y el fracaso de la diplomacia
Quienes avalan medidas drásticas suelen ignorar que la paz social es un cristal delicado. Un cambio de régimen forzado mediante la privación de libertad del líder actual no garantiza libertad, sino que puede instaurar un estado de excepción permanente bajo el control de quienes detenten las armas en ese momento.
La verdadera crítica reside en la incapacidad de la diplomacia. Que se plantee el secuestro como una opción es el síntoma más claro de un fracaso colectivo: la renuncia a la política en favor del espectáculo de la fuerza.
Ahora comienza el operativo de legitimación del ataque. Medios y redes avalando la violación de la soberanía y el secuestro. La dicotomía será observar a venezolanos que festejan en nuestro país el secuestro de su presidente. La pregunta obligada es inevitable: ¿a cuánta distancia está nuestro presidente de mandar a perseguirlos para obligarlos a retornar a su tierra?
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