Sr. lector, en este primer domingo de febrero, el aire cordillerano no solo trae polvillo de ripio y promesas de turismo; también expone al CEO con pechera que encarna hoy el Intendente Walter Cortés. Arranca la segunda etapa de su mandato y, fiel a su manual de estilo, ha decidido que gobernar no es consensuar, sino acumular enemigos como quien colecciona figuritas difíciles.
Para Cortés, la gestión parece una disciplina de combate. Bajo una contracultura de la provocación, el jefe comunal actúa convencido de que cuanto más ruido hace la vajilla al romperse, mejor se está cocinando la cena.
El micrófono propio y la casta ajena
Resulta pintoresco observar cómo el Intendente busca validación en medios nacionales mientras, puertas adentro, aplica la ley del silencio. Si no es en su propio medio de comunicación, el diálogo se convierte en un desierto. Desde esa distancia, disparó contra el Concejo Deliberante, al que calificó de “vagos” y acusó de ser el “palo en la rueda” de su visión personalista.
La ironía es evidente. Quien hoy denuncia a la “burocracia podrida” y reniega de la Carta Orgánica es el mismo que durante años manejó los hilos del poder gremial. El sindicalista de fuste mutó en aspirante a CEO, alguien que mira al Estado no como herramienta social, sino como una empresa que debe facturar y obedecer.
La empresa familiar y el cerro de la discordia
En un giro que roza el humor negro, Cortés denunció que el municipio está “lleno de familiares”. Cabe preguntarse si ese descubrimiento fue frente a un espejo o revisando décadas de acuerdos políticos locales.
El núcleo de su metamorfosis aparece en su vínculo con el sector privado. El dirigente que construyó su carrera defendiendo al trabajador hoy se muestra como principal lobista del empresariado:
Propone modernizar la municipalidad confrontando al SOYEM.
Impulsa el desarrollo urbanístico en el Cerro Catedral.
Se proyecta como el “intendente de las mil obras” mientras amenaza con recortar al Concejo Deliberante si no obtiene respaldo irrestricto.
¿Intendente o gerente general?
Resulta llamativo que alguien con una condena por administración fraudulenta en un policlínico pretenda dar lecciones de institucionalidad. El CEO con pechera pretende que la Municipalidad funcione como una empresa, olvidando que en una democracia los ciudadanos no son empleados y el Concejo Deliberante no es una gerencia que pueda cerrarse por decreto.
Entre fiestas del chocolate y mundiales de motocross, el Intendente avanza hacia una meta personal basada en la inauguración permanente. En ese camino, borra límites entre lo público y lo privado, entre la política y la lógica del patrón de estancia.
Walter Cortés se presenta como un outsider con décadas de trayectoria. Una contradicción caminante que promete modernizar la ciudad mientras revive prácticas del autoritarismo local. El horizonte de la reelección aparece cargado de enemigos, aunque con un aliado en crecimiento: el empresariado.
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