Usted señora lectora, usted señor lector, acompáñeme en este pequeño raconto de nuestro Bariloche. Bariloche perdió diez años de gestión y proyecto. Retrocedamos diez años. Encontrará el inicio de una gestión municipal que no pasó —ni pasará— desapercibida. Un gobierno abrazado al poder provincial, conducido por un jefe comunal que nunca ocultó su servilismo hacia intereses corporativos, y que festejó su primavera artificial gracias al turismo estudiantil: el negocio eterno de cuatro vivos que nada dejan a la ciudad, ni ayer ni hoy.
Una década en la que no se entregaron viviendas dignas, donde los organismos provinciales y municipales destinados a urbanizar y dar soluciones habitacionales quedaron paralizados o intervenidos. La ciudad creció sin planificación, al ritmo de la necesidad y la urgencia, y lo que antes eran campos y verdes hoy son alambrados, casillas, loteos improvisados y árboles talados sin control. En esta era de la meritocracia de los ceros en la cuenta bancaria, el espacio público retrocede cada año un poco más.
Bariloche perdió diez años, y esos diez años no volverán.
La administración que se fue no dejó la vara en cero: la dejó en menos quince. Tierra arrasada. Un Cerro Catedral concesionado por casi cuatro décadas, un Plan Calor que cada invierno se convertía en una ruleta rusa entre agosto y septiembre.
Y mientras tanto, el vecino se preguntaba —y se pregunta— por qué ciudades como General Roca o General Conesa avanzan, prosperan, se ordenan y se disfrutan. ¿Qué maldición nos condena al letargo? ¿Qué condena nos aplasta aquí que no existe cien kilómetros más allá?
Hasta que, en aquella tarde fría de septiembre, el voto castigo cayó sobre la gestión provincial. Y triunfó un candidato tan peculiar como inconfundible. Un político de trayectoria zigzagueante, capaz de llamarse peronista y actuar como radical según la ocasión, un personaje hábil y confrontativo en los medios, omnipresente en radios y pantallas. Su figura, modernizada por equipos de comunicación afilados, logró instalarlo como la alternativa salvadora.
Y Bariloche, cansada, lo eligió, con apenas el 19%.
Desde el primer día, la ciudad entró en un espiral de conflictos: con sindicatos, con el Concejo, con instituciones, con organismos judiciales, con vecinos, con todos. Denuncias cruzadas, investigaciones, peleas abiertas y un estilo de conducción más parecido al ring que al municipio. La gestión se convirtió en una máquina de fricción permanente.
Luego llegó la épica de las cuatro cuadras asfaltadas. Sí, cuatro. Inauguradas tres veces, celebradas como si se tratara de una autopista intergaláctica. Con eso bastó para que algunos empezaran a ver a un César romano donde apenas había un intendente cumpliendo la mínima obligación del cargo.
Y claro, si a usted finalmente le pasaron la máquina por la calle de tierra o le asfaltaron la 9 de Julio, cómo no va a estar contento. Se entiende. Es humano. Pero el problema está en quedarse solo con eso.
Porque mientras tanto:
• La política social es prácticamente inexistente.
• Empleados cuestionados por delitos graves ocupan cargos clave.
• El monopolio del transporte continúa.
• No hay políticas para salud mental en una ciudad que lo necesita desesperadamente.
• Los gimnasios municipales se delegan sin controles claros.
• Viajes oficiales se multiplican y el gasto trepa a cifras insultantes.
• Y, como broche de oro, se firma un aumento del 90% para el intendente y todo su gabinete. Porque cuando la ciudad se hunde, siempre hay tiempo para subir el salario propio.
Entonces, ¿cuál es la diferencia real con la administración anterior?
Cuatro cuadras. Nada más.
La desidia es la misma. La falta de proyecto es la misma. El empresariado sigue poniendo precios imposibles, estrangulando cada temporada. No hay políticas de empleo, ni formación, ni oficios para los jóvenes. No hay visión, no hay plan, no hay futuro.
Y cuando esta gestión termine, ¿qué quedará?
Unas pocas cuadras… Nada más.
Otra vez, tierra arrasada.
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